Llegar.
Luego del desgarro de la partida llegar es un hito. La decisión realizada.
Un suspiro y a respirar de nuevo este nuevo aire. Vivir.
Respirar -sorpresivamente- no el aire puro y limpio como habíamos imaginado, sino un aire viciado por interrogantes –propios y ajenos-.
No obstante hay expectativa, ilusión, esperanza.
Pero las dificultades no dichas aparecen como una larga fila de fantasmas que atan manos y pies, y la sensación es de estar aprisionados en un sistema que expulsa al que llega.
Difícil trabajar, difícil vivir, difícil hasta conseguir vivienda.
Difícil la soledad. Todos trabajan. No tienen tiempo y el que llega no entiende esta cultura en que no hay tiempo más que para trabajar
Cuando tiene oportunidad de estar en compañía , los que ya están parecen solazarse con las dificultades que se padecen y cuentan con cierto gozo las que ellos atravesaron.
Pero ni una mano se tiende para ayudar. Solo palabras de pseudo aliento: “El primer año es el peor””Yo lloraba todos los días””Conozco a alguien que salió adelante, pero no me dice como…”
Es cierto. No se dice como. No existe la solidaridad ante el que llega, sino regocijo ante las dificultades que padece. Es duro.
La oferta de “te quedas en casa” se convierte en una expulsión no totalmente velada que se exterioriza en la cara de pocos amigos.
Y como sea se consigue más rápido de lo previsto un lugar donde vivir. Donde poder llorar la amargura de la decepción.
A la semana de llegar tuve neumonía, y en el hospital me internaron para tratarme.
Tres días y nueve mil dólares después sali del hospital decidida a conseguir departamento.
Ese mismo día lo alquile y me mude.
Mi primer noche sola fue atroz. A los diez días de haber llegado en un departamento vacío, yo mis valijas, un colchón y un celular.
En un barrio desconocido, sin poder trasladarme, porque sin auto las distancias no lo permiten.
Con algunos remordimientos por haber ocupado el tiempo de mi hijo, que dejo de trabajar para ayudarme en la búsqueda y en el traslado.
Esa noche no dormí, el sentimiento de desprotección y la imposibilidad de compartir la añoranza, el dolor de la soledad y la decepción de la llegada.
Al poco tiempo y gracias a mi hijo compre un auto. Casi puedo decir que me independice.
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